Hemos dicho en alguna ocasión que la placeta del Comino es "bonica" (el granadinismo intenso de las palabras hace posible término tan rotundo en su justo valor idiográfico) porque posee y ostenta la marcada sutiliza que le presta un espacio urbano físicamente restringido pero no por ello carente de prestancia, ni de elegante distribución arquitectónica y ornamental, ni de la adecuada composición formal en lineas, volumenes, gamas cromáticas, espacialidad..., ni del equilibrio físico necesario entre lo natural y lo artificial, ni de la simbología histórica y urbanística conveniente, así como tampoco de una admirable estética coincidente con casi todos los cánones posibles. Si todo ello se percibe como efecto del propio valor intríseco del ámbito, no podemos olvidar que la sutileza de la que esta placeta puede hacer gala no agota, en modo alguno ni en ningún caso, la posibilidad de otras adjetivaciones añadidas: es posible atribuirle, también, la calificación de bella más que por lo que pueda ostentar, por la transmisión de grandeza, de espectacularidad y esplendor que le efectúan los magníficos ámbitos de su propio entorno: por la magnificencia sorprendente que le presta una Alhambra simultáneamente dorada, señera, hierática y dúctil; por el misterio, exquisitez y potencia de un Mauror altivo con sus formidables Torres Bermejar que retan la cronología desde la antiguedad de su siglo octavo, así como por un Valparaíso huidizo y posicionalmente sesgado que cede sin querer evitarlo colores, reflejos y brillos, así como pensamientos y convicciones.

Sutileza y carisma: La Placeta del Comino