Creación Literaria

Hace días que las calles están completamente desiertas, sólo algunos taxistas demasiado ambiosos se atreven a desafiar a los omnipresentes ojos americanos. Los que tuvieron la oportunidad se marcharon, el resto aguarda en sus refugios, con la ira y el miedo impregnados en sus rostros, a que cesen los ensordecedores bombardeos y puedan enterrar a sus muertos con la dignidad que le privaron en vida.

Ya tiembla el suelo, ya se tiñe de nuevo la tierra de sangre y odio y de nuevo es necesario huir, esconderse o morir. En la calle, una mujer grita desconsolada mientras sostiene a su marido muerto entre los brazos; en sus ojos se refleja la incomprensión y la desesperanza de un pueblo dominado y al mismo tiempo destruido por dos fuerzas que se enfrentan y que, paradójicamente, representan la misma causa, la ambición y la crueldad. Piezas de un juego de estrategia, movidas por dos pésimos jugadores que modifican las reglas a su antojo. El premio, poder; la apuesta, vidas humanas.

El suelo tiembla otra vez y Sayda decide cubrir a su esposo con una manta y regresar cuando no haya peligro. De camino a su casa trataba de pensar, entre el estruendo de los misiles impactando la tierra y el pánico que casi inmovilizaba su cuerpo, la manera de explicarle a sus dos hijos pequeños que su padre había muerto por la liberación de su pueblo; la excusa no resultaba demasiado importante cuando el hecho era la muerte de un hombre inocente.

 

Se seca las lágrimas, contiene el nudo de su estómago y abraza a sus hijos con templanza y aparente serenidad, con el valor que no poseen los que optan por apretar el gatillo en vez de no hacerlo, los que se esconden detrás de una bandera para ser cobardes, los que son capaces de cuantificar muertos sin inmutarse o aquellos que los provocan con la misma frialdad, esperando la salvación de algun dios. Para todos aquellos que no aman la vida e intentan salvar un misil antes que un niño, para los que están manchando un pueblo de sangre y petroleo, les rogaría su colaboración cuando sea necesario recoger entre polvo y metralla los cuerpos con nombre y apellidos que ahora yacen tendidos en el suelo, a la hora de consolar a los cientos de familias que perderán algún miembro, cuando haya que reconstruir ladrillo a ladrillo un país de escombros, que sean ellos los que lloren la miseria de un pueblo que ya no tiene nada que perder.Tristemente podría afirmar que no serán ellos quienes sufran sino los que hagan sufrir de nuevo, cuando la huella de la intolerancia quede sepultada bajo los años, la mentira o el olvido egoista de la culpabilidad, cuando de nuevo haya poder que alcanzar o edificios que derribar. Los mismos que encendieron la mecha son los que hoy abren de nuevo la herida y derraman la soberbia. Para ellos pido perdón, si es que existe y un resquicio de dignidad si les queda alguna.

Esperanza Jiménez Sáez

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