Música: "From Within". (Album "Rendezvous"). Michel Camilo. (M. Camilo)

 

 

Al Albayzín no basta con describirlo; hay que conocerlo sobre el terreno, calle por calle, rincón por rincón e hito a hito. Eso es imprescindible.

Circunstancialmente y para iniciarnos no está de más aislar algún itinerario de entre los muchos que el barrio ofrece y seguir cada una de sus calles, de sus plazas y de sus hitos. Uno compacto, muy poco disperso y suficientemente indicativo es el que arrancando de Plaza Nueva, continúa por la Carrera del Darro (parte del antiguo Axarís), Cuesta del Chapiz (con su Casa del Chapiz), Plaza del Salvador, Plaza de Aliatar, Panaderos, Plaza Larga, Arco de las Pesas, Carril de S. Cecilio, Placeta de las Minas, Aljibe de la Gitana, Placeta del Cristo de las Azucenas, Huerto del Carlos, Callejón de las Monjas, Placeta de los Chinos, Carril y Mirador de la Lona, Plaza de S. Miguel Bajo, Calle de Stª Isabel la Real, Calle de la Tiña, Quijada, Oidores, S. José Alta, Cuesta de S. Gregorio, Placeta de Porras, Plaza de Santa Inés Alta, Placeta de los Carvajales, Calle del Rosal, Cuesta del Granadillo, S. Juan de los Reyes, Cuesta de Santa Inés, Calle del Carnero, Placeta de la Concepción, Calle del Bañuelo, Carrera del Darro, Paseo de los Tristes, Puente del Aljibillo, Plaza y Cuesta del Rey Chico, finalizando en la Alhambra, ya fuera del Albayzín, en la Axabica.

Tras la Chancillería y ante la preciosista arquitectura de la Iglesia de Santa Ana y de San Gil no sólo nos viene el recuerdo de los Alcántara, de Juan de Castellar y de Siloé sino, también, la reflexión sobre el perfecto ejemplo, el paradigma de integración urbana que supone que dos plazas físicamente independientes sean funcionalmente capaces de actuar como una sola teniendo en cuenta las excelencias que ello conlleva en el orden estético y en la dinámica de transición paisajística, así como en la cadencia de complementariedad arquitectónica y viaria que se agrega al ritmo visual de este magnífico y gran espacio. Siguiendo por la Carrera del Darro, tachonada de nobiliarias casas cargadas de historia y leyendas como el cercano Monasterio de la Concepción y la Casa de los Pisas, nos encontramos, tras el Hamman del Bañuelo , de tan buen uso terapéutico para los enfermos mentales del cercano Maristán, con el soberbio trío urbanístico formado por el Convento de Santa Catalina de Zafra, de 1.530 y Monumento Nacional, por la extraordinaria iglesia de S. Pedro con el recuerdo del excepcional Maeda y de la precisa albañilería de Pedro Solís, así como por la Casa de Castril, encumbrada por su maravilloso y controvertido plateresco a la vez que por el esquinero ciego en el único lateral exento y coronado por su "Esperándola del Cielo" que tantas fantasías y delirios ha desatado en la mente popular a lo largo de los tiempos.

El típico Paseo de los Tristes que bien pudiera serlo por celebrarse en él las despedidas de los difuntos camino del Cementerio, o por que a su largo paseaban de traje enlutado jueces, fiscales, abogados y pleiteantes más serios que en un funeral y ensimismados en el planteamiento de sus particulares estrategias legales, hace de colofón en este impresionante tramo que transcurre entre el fluir cantarino del Darro y los tañidos acompasados de los campaniles de los monasterios próximos. La Cuesta del Chapiz y su Placeta del Peso de la Harina con la estatua de un Chorroehumo herrumbroso y pinturero, acaba desembocando en una imprevista y hermosísima Plaza del Salvador que nos recuerda tanto a Maeda, a Siloé y al canónigo Pedro Soto de Rojas. Si queremos recordar al verdadero Zogoybi, aquel al que se le pronosticó desde su mismo nacimiento un desventurado devenir como persona y como rey, nos habremos de detener en la mismísima Plaza de Aliatar, nombre del valiente e irreductible padre de Morayma que supo llevar con igual dignidad tanto su oficio de pobre especiero en Loja, su cargo de general de los ejércitos de su yerno Boabdil como el de noble señor de Zagra. La Casa de la Doctrina con los recuerdos de Albotodo, Laínez y el Arzobispo Guerrero sella esta preciosa unidad urbana intensamente armonizada dentro del insinuante y rumoroso entramado de un barrio prodigioso.

La calle de los Panaderos, verdadera arteria del comercio más cotidiano y doméstico, la Plaza Larga con su sabor ancestral y el tipismo del Aixa y la Porrona, nos hacen desembocar, en el secularmente maltratado Arco de las Pesas que separó el barrio popular que dejamos atrás del recinto aristocrático del Hinz Garnata (embocando al Callejón de San Cecilio y a la popular plaza de San Nicolás), solaz de Sirios primero y de Ziríes después (dejando a la derecha y oculta por el caserío la magnífica torre de la iglesia de San Bartolomé). La Cuesta de María la Miel y la Placeta de las Minas, ámbito que de inmediato encontramos, nos hace recordar la gesta del Ave María de Pérez del Pulgar, el reto del Tarfe y su derrota en manos de Garcilaso, así como las aventuras llenas de truculencia y engaños de Juan Flores, Juan Fdez. Echevarría y hasta, hay quien dice, de Cristóbal Medina Conde, ....¡ menos mal que no lejos de allí había un convento de Mínimos!. El Huerto del Carlos, con sus abundantes e impresionantes ruinas ibéricas así como el incomprensible empeño en facturar un aparcamiento de coches justamente en sus formidables entrañas arqueológicas, nos dirigen al Callejón de las Monjas o del Ladrón del Agua donde se nos viene a la memoria la imagen del contubernio Augsburgo de Beltrán García, Alvaro Cárdenas, del Vizconde de Cardona y de otros más que terminó en sumarísimo ahorcamiento bajo el arco. La hermosa imagen de San Cristóbal actúa de espectacular colofón para este mágico lugar. El Palacio de Daralhorra con la realidad del destierro de Aixa que no pudo soportar la elección de la Rumía como favorita y la romántica leyenda del plural triángulo amoroso entre Yusuf-Kamar, Yahía y Omar-Zara consiguen transportarnos, a poco que queramos, a un fastuoso relato más propio de Las Mil y Una Noches que al de una Granada decadente y en tránsito hacia la Reconquista cristiana.

Bordeando el Callejón del Gallo que recuerda tanto la irracionalidad del Tasfín almorávide como la leyenda que le llevó a la destrucción del Dar Al Dic Roh (en una de sus partes hoy se ubica la Casa de la Lona), nos emplazamos frente a esas humildes casas de vecindad cuyo solar fue parte de la rica heredad del gran Badis y que pasó, como la falsa moneda de la copla, de mano en mano como si quemara: de la corona a Rolando Levanto, de él al Arzobispo Azcalgorta, a los Trinitarios, a Juan Andrés Gómez (el de la fábrica de lonas y cordeles), al Vizconde de Roda y, tras varios intermediarios, a sus propietarios actuales.

La espléndida Plaza de S. Miguel Bajo, míseramente invadida por todo, agobiada por una hiriente cacharrería multicolor y últimamente agraviada con la construcción de una agresiva plataforma roqueña de color de albero y con escalones aberrantes (¡parece mentira que ya en el S.XXI se pueda permitir tamaña barbaridad!) queda contemplada por el peregrino y lañado Cristo de las Azucenas y por el incrédulo y hermoso oval del Aljibe árabe incrustado en el lateral de esa enhiesta Iglesia de Asteasu, Alcántara, Villanueva y Martín, panteón de los Mora, de Juan de Sevilla, de Bocanegra y de otros tanto Oidores.

En dirección Sur, y a muy pocos metros, nos encontramos, al lado del Huerto del Carlos, maltratado hasta lo inconcebible, con la Santa Isabel la Real de la más espléndida fusión arquitectónica, urbanística y artística que se pueda hallar: el gótico, el mudéjar, el renacimiento y el barroco terminan por redondear una obra que de no haberse producido la conjunción de voluntades geniales y de soluciones geniales no hubiera podido llevarse a término. La admiración de Gómez Moreno y su dedicación al arco florenzado no es sino sólo un síntoma evidente. Continuamos nuestra andadura por calles cortas, recoletas, frescas y sugerentes como las de la Tiña, Quijada, Oidores, San José, Cuesta de San Gregorio, Placeta de Porras (¡qué majestuoso plateresco!), Plaza de Santa Inés Alta, la estratégica y genial Placeta de los Carvajales (aquellos señores de Jódar que, procedentes de Valencia de Don Juan, tanto apoyaron la conquista), la calle del Rosal, Cuesta del Granadillo... y otras más hasta terminar, de nuevo, en el Paseo de los Tristes desde donde, pasando sobre el Puente del Aljibillo, nos aproximamos al controvertido edificio del Rey Chico tan politizado y cargado de confusión subvenida e interesada que ha conseguido hurtar a la opinión pública, de un modo innoble y descarado, su derecho inalienable a decidir cómo quiere que sea su ciudad.

La subida por la Cuesta del Rey Chico, de los Chinos o de los Muertos según el gusto popular, no tiene más razón de ser que, situándonos en algún lugar de la Axabica (incluso dentro del recinto de la Alhambra), podamos extasiarnos ante la vista del soberbio paisaje de la cara sur del barrio que acabamos de dejar atrás. Que esa maravilla la tengamos aquí, puede parecer increíble. Más increíble es, sin embargo, que no la conozcamos, que ignoremos un barrio tan substancial y vertebrador. Por ello hay que visitarlo, perderse en él, llevar a nuestros amigos y familiares bajo la excusa de un gratificador paseo solazante; hay que llevarlos para que lo disfruten,... para que lo miren, ...para que lo huelan... Y es cierto; el Albayzín tiene mucho de olor, de olores definidos y de olores confusos: lo mismo se huele a jazmín que a excrementos de gato o a ambos simultáneamente. A veces son los propios efluvios los que te conducen, los que te hacen reconocer los lugares, ...los que llevas de lazarillo: ocurre, por ejemplo, en la brevísima calle Bravo donde el suave perfume a jazmín evoluciona en un secuencial ejercicio de sutileza hasta la progresiva intensificación del galán de noche y hasta la explosión final de lo irrespirable, del bochorno, ...de la borrachera. El acre olor a humedad, a orín y a madreselva que revuela gravitando en el ámbito de la perdida y recóndita Placeta de los Capellanes plagada de altivos, orondos y lustrosos gatos que ignoran tu paso preocupados en compensar la fugacidad de sus donjuanescos encuentros con la frecuencia de sus conquistas, te atrapa inmisericorde tanto al entrar desde la Placeta de la Cruz Verde como viniendo de la Placeta de los Carvajales; ...y es a lo largo del minúsculo espacio de la Placeta del Comino donde se percibe una sutil y divagante mezcla de perfumes envolventes. Aquí se funde en una mareante indefinición, en una inacabada caricia natural,... en un no sé qué, el pastoso olor del arrayán con el denso y antiguo aroma de la tierra mojada fugitiva, seguramente, de cármenes cercanos y hermosos: ...Santa Elena, ...Lagualuz, Alcazaba, Macasar...

Un barrio morisco, y el Albayzín no puede serlo más, no puede carecer de azahar, sería imperdonable. Su olor, tan denso, casi tocable con las yemas de los dedos, tan físico, ...tan túmido, ...tan íntimo, envuelve al visitante mientras recorre la misteriosa y silente calle de Careillos cuando los efluvios de la mimosa y de las cercanas acacias dialogan delicadamente cabalgando la fugaz irisación metálica arrancada de las incipientes y turgentes alboreadas florales por las más precoces, osadas y juguetonas brisas de la primavera.

El olor a madreselva, ese sedoso y tenaz aroma, se intensifica hasta la saciedad a medida que penetramos bajo el espeso dosel que cubre el empinado y breve transcurrir de la Azacayuela anunciándonos la cercanía de una calle Limón abandonada pero digna, recoleta y paradójicamente espectacular por su propia elementalidad. Y a su final, llegando a la magnífica y diminuta Placeta de Torres Molina, se reactiva poderosamente el atenuado olor a madreselva y a juncia mientras aparece, casi por ensalmo y con sorpresa, la formidable visión de la vieja torre de la aljama Ataibín y un San Juan de los Reyes con más descosidos que rotos.

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