Que el Albayzín conforma Granada no es ninguna invención, está en la esencia genuina de la ciudad: la morfología urbana granadina se arma desde la evolución del plano, desde el abigarramiento de la acrópolis, desde la esencia romana del Cardus y el Decumanus, ambos ocupando espacios fundamentales de este gran barrio. A partir de aquí, la evolución progresa hasta el suburbio y lo rururbano: no importa la excentricidad geométrica, eso es circunstancial; se debe al borde: al Este y a la Vega.

Tampoco hay necesidad de perderse en discusiones respecto dónde apareció Granada; ha quedado resuelto tras las intensas controversias intemporales entre Elviristas (Mármol Carvajal, La Fuente Alcántara, Seco de Lucena,...) y Alcazabistas (Bermúdez de Pedraza, Simonet, Fernández Guerra, Gómez Moreno y Gallego Burín, entre otros...): el germen de la actual Granada apareció en el Albayzín lo que no es incompatible con el poblamiento que después fue la musulmana Elvira. Ibn Jhatib, Ibn Adhari e Ibn Alcutía, por citar varios autores, ya afirmaban que lo que hoy es Granada constituía, entonces, la ciudad más antigua de la región.

Muchas personas, incluso granadinas, están convencidas de la importancia de la dinastía musulmana iniciada por Alhamar, los Nazaríes. Estas personas llegan a considerarla única o la primera en el proceso político de la Granada islámica. Se olvidan de quiénes forjaron el reino y fueron capaces de transmitirlo, aunque indirectamente y a trancas y barrancas.

Todo se inicia en la descomposición califal que aparece fulminantemente tras la muerte de Almanzor en 1.002. El enfrentamiento por el poder cordobés entre Abbasíes y Hammudíes será la clave de todo: Un general bereber, Zawi Ibn Ziri, apoya a Suleimán Al Mutain quien consigue un trono tambaleante. El hammudí concede al bereber el gobierno de la Cora de Ilvira. Corre el año 1.013 y Granada, vinculada aún a Cordoba, comienza a poner sus cimientos de taifato. El gobernador Zirí no piensa en reinar sino en enriquecerse para poder ser monarca en su querida Ifriquiya. En 1.019 sale de Almuñécar con toda su familia y toda la riqueza posible dirigiéndose a alcanzar un sueño que nunca logrará. Granada queda como fruta en el camino.

Un sobrino de Ziri, Habus Ibn Maksan, señor de Iznájar, pretende la cora y un reino: en el mismo año de la marcha de su tío se adueña de Granada pero su inteligencia le habla de su incapacidad en la árdua labor de organizar un estado: él sólo sabe cortar cabezas y perseguir las huríes de perfumada cabellera y misteriosa mirada. Cavila y el desánimo le atenaza: no puede confiar el proyecto a nadie de su clan, el Sinhaya; son tan incultos como él. Tampoco puede confiar en Zanata alguno por abbasí y enemigo. Imposible dejarlo en manos de los prestigiosos sirios, no eran de fiar. Tampoco le servían los eslavos mercenarios, ni los árabes españoles. No le quedaba nadie, nadie... ¿Nadie?, quedaban los judíos, esos viejos y recónditos habitantes del actual Realejo y San Matías, la Garnata Al Yehud, en los que nadie confiaba más por ser distintos que por otra cosa. La fama y el prestigio del respetado Samuel Ben Nagrela le convencen y con el tiempo le nombra Visir, ...y ¡qué Visir!: organiza la hacienda, interviene en la modernización de la justicia, promueve la cultura, predispone a la tolerancia, da con su vida ejemplo de ética personal y de consumada y fina diplomacia. A la nobleza musulmana no le queda más remedio que respetarlo y, al final, hasta admirarlo; se "la mete en un bolsillo"... La verdad es que debió de ser un gran tipo. Tanto que hasta el feroz y gran Badis lo mantuvo en su puesto y respetó todas sus decisiones.

La sucesión en el visirato de Yusuf Ben Nagrela tras la muerte de Samuel, generó tal desazón entre la nobleza musulmana que culminó en la explosión de horror desatada durante la Noche Vieja del 1066 por efectos de la famosa diatriba escrita con toda saña e intolerancia por el wali de Elvira Abu Isaq.

A partir de aquí ya existirá el reino de Granada. A partir de aquí sólo cabe la historia de un reino: nos hemos llegado a introducir en ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Música: Ópera Moctezuma. Aria "S´impugni la spada". A. Vivaldi.. (Marijana Mijanovic_Alan Curtis_Il Complesso Barocco)
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